OTRO CUENTO DE NAVIDAD


Se hace difícil conectar con el espíritu de navidades
pasadas que late en las profundidades candorosas de un niño que hace ya mucho
tiempo dejó de creer en los Reyes Magos: ahora toca creer en los tecnócratas… Bajo de la sierra de Cádiz hacia su costa para asistir en Chiclana a un
concierto de versiones sobre villancicos. Incrédulo, me disculpo pensando que hasta el “radical”
John Zorn y sus chicos han caído como copos de nieve en el manto comercial
navideño…

Debe ser la crisis, o el
escepticismo galopante que inunda mis pensamientos, pero caigo en la cuenta de
que esta vez no he puesto villancico por jazz alguno. Desciendo lentamente de
la sierra de Grazalema, en un interminable viaje en autobús, dejando atrás el
intenso y siempre curativo contacto con la naturaleza. Hago balances y algunas
cosas, pese a tanta crisis, me cuadran. Llego a la conclusión al pasar por
Villaluenga del Rosario (tierra de un queso como el Payoyo de imparable
prestigio) que si la tecnología del Ipad sirve para vender un producto artesano
y de pueblo como éste, bienvenida sea la tecnología por más antagonista que se
muestre la fría delgadez de su diseño de la belleza agreste de este paisaje
rural hecho de piedra caliza y alcornoques. 

Suben unos niños en una parada
sin señalizar del pueblo y empiezan a cantar Ya llegan los Reyes Magos. Los
miro e intento sentir lo que ellos trasmiten, parece que sólo las mujeres
pueden hacerlo. El vehículo se pone en marcha como si no tuviera ninguna prisa
por llegar a su destino. Vuelvo la cabeza hacia la ventanilla para disfrutar de
ese frondoso paisaje justo cuando el autobús gira a la derecha y deja a la
vista, entre montañas, uno de esos pueblos blancos al fondo que brilla entre la
tenue neblina que enciende este generoso sol de invierno.

Llego a Chiclana ya de noche,
esperando otro tipo de villancicos. Me presentan al dueño del Ta`blao, un
acogedor espacio hecho de la madera noble de los árboles de la sierra y de la
gente que la lleva desde el pasado mes de octubre, con Juan J. Madrera y la
cuadrilla del recordado y aún en activo –me corrigen- grupo Ea! En estos pocos
meses no han dejado de programar música ni un solo fin de semana en este
acogedor lugar situado a un paso de Conil y a 
otro de la Isla de Camarón.

De
ahí al lado, de San Fernando, también es Antonio Lizana, un músico de 25 años
con más tablas que las que se pueden contar en este bar-asociación cultural del
Ta`Blao. Jazzambomba, es decir, lo que vengo a ver, es un proyecto liderado por
este joven pero muy curtido altoísta de estirpe flamenca y sangre parkeriana. Le
pregunto de qué va todo esto y me dice que es una cosa que surgió de un día
para otro. Pues sí, se editó en disco en directo el pasado 14 de diciembre desde
el teatro Muñoz Seca de El Puerto de Santamaría, otro sitio de la zona en el
que también se encuentran refugios para el jazz. Pero tú acabas de volver de
Nueva York, le pregunto. Sí, he estado en octubre y noviembre, vuelves a casa
por Navidad y, tú sabes… Antonio ha tocado en la Gran Manzana con la big band
de Arturo O`Farrill, en una de esas salas enormes donde las bandas de
swing y las latinas animaban a 3000 personas. Se le encienden los ojos al
decirlo. Me dice también que ahora está por Cádiz pero que anda por Madrid tocando
con la Afrodisian.  
                                                                              
Hablamos
de la tierra, de los músicos de la zona, del jazz y el flamenco y del flamenco-jazz.
Llegamos a la conclusión de que la figura del cantaor es fundamental y que de
la capacidad para trasladarla a otro formato depende la originalidad. Oye, que
yo soy de la tierra, le digo, pero como que el flamenco no es mi fuerte… En eso
que me viene el recuerdo del Gaspar de Utrera, que en paz descanse. En una
barra cualquiera, ya tarde y sin venir a cuento, en medio de un silencio incómodo,
soltó un quejío a mi lado que me estremeció como si me hubiera atravesado por
la mitad. ¿De dónde salía ese torrente de voz, quién le había conjurado? Inmediatamente
me di cuenta que lo más parecido a aquella experiencia había sido al escuchar a
John Coltrane por vez primera.

Antonio
me da más detalles de su viaje. Un tipo de Cái en Nueva York,
eso me suena, y sonrío para mis adentros…La imagen del primer disco de Chano
(Domínguez), ese toro asomándose orgulloso a Manhattan. Y años después Chano y
Wynton Marsalis en el Lincoln Center… Tampoco he escuchado el disco de
villancicos del trompetista de Nueva Orleáns, me digo sorprendido. Antonio y yo
seguimos hablando de los distintos proyectos, los más destacados, que han
tenido al flamenco y al jazz como protagonistas… Jorge (Pardo), Marc Miralta…
Tantos… pero se puede hacer más, apunta. Ah, y recuerda a Gerardo Nuñez en Cruce
de Caminos
, le digo. Le gusta ese proyecto y el New Flamenco Sound
de Chano Domíguez, improvisación y composición… Perico (Sambeat) está en casi todas
partes, le comento… El cantaor… Hablamos del saxo y de la voz, del folclore y
del jazz e incluso de Jan Garbarek al quién admira… ¿Pero tú cantas flamenco?
Sí, claro, me contesta con ese ceceo y desparpajo propio de los gaditanos.
Juan,
el dueño del local, amablemente nos deja seguir ahí con nuestra charla, pero la
sala ya está llena y no se pueden retrasar más. Han olvidado poner una taquilla
y ahora deben ir mesa por mesa recaudando los 5 euros que se anunciaban en la
entrada. Pienso para mis adentros que eso podría incomodar al público
espontáneo y alguno arrepentirse de haber entrado, pero de allí no se mueve
nadie y todo se resuelve con la misma espontaneidad y resolución con la que la
gente de por aquí se sube al Falla en Carnavales. Juan insiste, y Antonio da
indicaciones para que empiecen sin él el trío formado por Fernando Camas
(guitarra), Alejandro Mayor (bajo) y Rafa González (batería), todos
jovencísimos músicos de la zona.
Sin
mediar palabra entre lo último que me respondió y la primera nota que sale de
su saxo, el jazz y las canciones tradicionales de Navidad encienden la noche
apelando a una memoria en la que los sueños infantiles tienen como aliados la
destreza de los músicos, entre el calor habilidoso y travieso del saxo y la
suavidad atemperada de la guitarra. Y en eso que los villancicos se aflamencan
y el público reconoce el compás híbrido como suyo, o se desvían hacia el blues
tomando impulso en el swing, o surge el lazo latino que tiene Cádiz con Cuba…Y
qué más da escribir esta idea o esta otra, ocupar el lugar del analista…, lo
importante es la memoria y los sentimientos colectivos, las cosas que nos unen. 
Hay
una niña rubia que hiperactiva responde a la velocidad del fraseo de Antonio
dando saltos de una mesa a otra, corriendo de aquí para allá. Me pregunto de
nuevo si entiende estos raros villancicos, ya que la melodía central es un
breve apunte que sirve de lanzadera a la creación del grupo y de recordatorio
al final. Pero sí, la pequeña los reconoce y en cuanto las notas de Blanca
Navidad
, Jingle Bells/Fun Fun Fun, Campana
sobre Campana
o Los Campanilleros le son
familiares, pega un rebrinco con la misma ilusión con la que se levantará de
la cama la mañana de Reyes.