El
árbol de las 

             tres culturas

Después
de los asesinatos de Toulouse tuve un sueño “Magritte”: en un
llano verde y diáfano resaltaba la figura de un robusto árbol de
cuyo tronco salía una gran hoja…Siendo muy niño, mientras un
señor negro de sonrisa blanca reía y cantaba al mismo tiempo en el
televisor, oí decir a mi madre: “es Louis Armstrong y esa música
se llama jazz”. Desde el piso superior mi padre se aliaba con el
invicto Beethoven. Durante la Cuaresma, en la que solían poner
películas como Los Diez
Mandamientos
o Ben Hur,
en
la cocina había torrijas y pestiños, dulces de muy antigua
tradición cristiana y morisca.

En
la cotidianidad de esa sala de estar hubo muchos momentos en los que
se dieron cita las tres culturas, al menos en la coincidencia de que
sonara Felix Mendelssohn o pusieran la última película de Woody Allen,
te atrapara la atención ese retrato de familia a los pies de la
Giralda o se bendijera la mesa para la comida. Con el tiempo, y como
expresión que ya es universal, he podido comprobar que también el
jazz ha servido de catalizador cultural y religioso.
En
muchas ocasiones hemos visto representado al jazz a través de un
árbol genealógico de estilos que se ramifican una y otra vez.
Podría hacerse también con la vida de las personas, desde el
colegio al trabajo, las experiencias, los hijos, los viajes, los
momentos difíciles… Sin pretender hacer un ejercicio de
equilibrista, hoy me conformo con trasladar las vivencias personales
a esta música buscando un punto de encuentro con la convivencia
pacífica entre los hechos religioso, racial y cultural, como
elementos concomitantes en una manifestación tan plural y políglota
como el jazz. Un fenómeno no ajeno, como sabemos, a rebeliones
incruentas contra lo establecido y las injusticias -unas veces
colectivas, las más en solitario- o reclamando en un discurso
estéril propiedad de identidad (Nicholas
Payton).
La metáfora de la tolerancia que sería el árbol resulta ejemplar
en el jazz como manifestación artística del último siglo, aunque
sólo sea por el hecho de que el Tercer Reich lo prohibiera por
impuro – negro- y degenerado, como a todo arte judío.
Los
vínculos entre el jazz y lo judío son más profundos que evidentes,
más históricos que anecdóticos y más fructíferos que pasajeros.
Lo importante del enorme legado del pueblo judío para nuestra
civilización occidental, en áreas como la ciencia, la cultura, la
música, el arte o la literatura, es su aportación al avance desde
un principio inquisitivo y dialéctico que es inherente al Talmud. Y
hacer de un enfoque individual una mentalidad colectiva les ha
permitido desarrollar materias de su especialidad técnica y también,
no lo olvidemos, replantearse su propia tradición. Los grandes
heterodoxos judíos de hace un siglo (Freud, Einstein, Kafka,
Schoenberg, Groucho Marx) son hijos del exilio y la Diáspora, y su
aportación al progreso es incuestionable.
El
apoyo de la primera generación de emigrantes judíos al jazz (la que
llegaría con el padre de George Gershwin desde Rusia huyendo de los
pogromos) coinciden con los primeros pasos que dio esta
música en Nueva York. Benny Goodman, Lee
Konitz
o Uri
Caine alumbran
décadas de creatividad, pero a su labor también habría que incluir
la de señalados productores discográficos, emprendedores, dueños
de locales, críticos… Los fundadores de Blue Note (Alfred Lion y
Francis Wolff) y otros sellos determinantes, por ejemplo. Y sí, es
posible que John Zorn
represente el judaísmo más acusado, pero desde su sello ha apoyado
una contemporaneidad de inabarcable extensión estilística que
incluye la propia judía, haciendo partícipes de ese relevo a
músicos que no los son.
El cristianismo, ligado a la propia Constitución estadounidense y a
personajes como Abraham Lincoln, que abolió la esclavitud, a través
de coros y grupos gospel en las iglesias anglicanas, ha sido la cuna
de la formación y la inspiración de infinidad de músicos. Cierto
es que el hipócrita puritanismo de los años 50 prendería el
recelo y la censura en torno a una realidad, habría que añadir
enfermiza, en la que la heroína empezaba a hacer estragos en el
jazz. En los 60 el islam amplifica la protesta reivindicativa que
reclama la igualdad de derechos para la raza negra (Malcom X) y a
ella se suma la vanguardia musical e intelectual del jazz. El
bautismo musulmán pone nombres a Muhal Richard Abrams o Abdulah
Ibrahim y acoge a Randy Weston, entre otros ilustres. En la obra que
nos han dejado el único mensaje radical que encontraremos es su
compromiso con el avance, la belleza y los ancestros. Pero si hay un
nombre que sobresale en esta gran hoja del jazz que comulga con la
espiritualidad es el de Coltrane, ejemplo no sólo de maestría
musical sino también de un sonido místico que diluye las fronteras
entre las religiones monoteístas.
Según
el testimonio de testigos, el asesino levanta por el pelo a su última
víctima para luego dispararle en la cabeza. Era una niña judía,
sí, y nunca llegará a saber en qué consistía esa desgraciada
condición que la diferenciaba como objetivo de las niñas del
colegio de enfrente. Vuelve el miedo y la barbarie al corazón de
Europa y a la memoria trágica del judaísmo. La amenaza de fanáticos
islamistas crece dentro de nuestra sociedad intentando destruir a su
paso vidas y civilización. Frases como “ojo por ojo” o “ellos
más” justifican crímenes como éstos; se trata, pues, de defender
civilización frente a terrorismo armado y doctrinas, como las que se
difunden en ciudades catalanas, que nos conducen a tiempos de
oscuridad. Radicales, fundamentalistas o ultraortodoxos, todos
representan el atraso y la intolerancia.