TROVADOR FRENTE AL OCÉANO

 JAMM Cheikh LôWorld
Circuit
 

De
familia senegalesa pero criado en Burkina Faso, músico callejero en el París de
los años 80, artista finalmente descubierto en su tierra, Dakar, por la
estrella nacional Youssou N`Dour, gracias a una cinta de casete grabada
precisamente en su etapa parisina, consagrado tardíamente con 40 años después
del boom de la world music y justo desde el instante en que debutó con
La Thiass
(1995), el curso que ha seguido la carrera de Cheikh Lô
(Bobo Diulasso, 1955) hasta ocupar el lugar de privilegio que tiene en la canción
africana no es que sea increíble pero sí infrecuente. Tan peculiar discurrir
bagaje, al que se une su pertenencia a los morabitas – hermandad fundada en el
siglo XIX por el santón Amadou Bamba-, vestido con coloridos trajes hechos de
distintos retales y con pelo a lo rasta jamaicano, tiene su reflejo en una
música que mira al mar, que se deja llevar por el oleaje melancólico y tiene el
sabor salado de su tierra africana y de otras que se pierden  más allá del
horizonte.

 

 Cheikh Lô no es un músico prolífico, apenas cuatro o cinco títulos en 15 años en los que
el estilo propio se extiende o contrae sobre sí mismo – entre Otis Reeding,
Guillermo Portabales y la Bembeya Jazz Nacional- en una suerte de platos atlánticos
cocinados a fuego lento. Eso parecía quedar claro ya en Né la Thiass (1995),
trabajo que reunía todos los elementos que hacen distinguible su sonido del
resto de artistas del continente, incluido el de su protector, que no mentor,
Yossou N´Dour. Aunque, todo sea dicho, no poco de ese estilo como de trovador
marinero que es -entre Dakar, Salvador de Bahía y Santiago de Cuba- se deba al
contrastado criterio del productor de este sello, Nick Gold, alguien que ha
sido capaz de producir discos de Buena Vista Social Club, Toumani Diabete y la
Ochestra Baobab sin dudar qué es lo que puede dar cada artista en cada uno de
los proyectos y cuánto de ellos puede germinar en otros. 

En Jamm, prescinde de la exuberancia instrumental y los
decorados brasileños (acordeón, tambores timbaus)
de Lamp
Fall
(2005) e incide en la personal inmersión temática del áfrica
occidental en la que se combinan ritmos de mbalax, zoukous y la rumba congoleña
entre los que filtra gustos personales de rhymth & blues y guajira. Si en Il
nèst jammais trop tard
cita a la Bembeja Jazz, en Seyni
es el son montuno, los timbales y metales (Orchestra Baobab) más su voz los que
recuerdan a Benny Moré. El corte siguiente Dief Dieul remite, en su
nostálgica y lenta cadencia de  mbalax, a

la Thiass
, con arreglos en los saxofones que entonan una melodía
parecida al lejano No more de N`Dour. En Bourama confronta
percusiones marroquíes y bajo eléctrico, pulso jazzístico en saxo (riff del Take
five
de Dave Brubeck) y guitarra africana. Termina el disco Folly
cagni
con registros afrocubanos (Ibrahim Ferrer) y rumba congoleña.
Guitarras, percusiones y metales son los elementos que sostienen el canto en otras
tantas lenguas: bambara, wolof, francés y algo de español.

Cantando. De cara al océano.