Guilty Guilty Guilty

Con
una carrera cuyos inicios se remontan a comienzos de los 80, Diamanda Galás (padres procedentes de Anatolia y Grecia) se ha
ganado el calificativo de cantante de culto, no ya por el hecho de hacer propios
estilos como el jazz (Billie Holiday), el blues, el gospel, el country (Hank
Williams) o el rock progresivo (junto al bajista de Led Zeppelin John Paul
Jones) enfundada en una estética que asocia su creación a un personaje de “malvada” y siniestra feminidad ligada a la naturaleza bizarra de su voz. Este retrato personal, aunque vinculado la escena postpunk neoyorquina y berlinesa no alejada de John Zorn, evita la imagen de diva
operística sin citar a Nina Hagen pero, también, sin eludir cierta impostura
punk ilustrada y viajada.Factor determinante en la obra de esta cantante es el “arte de acción” en el que se contextualiza el singularísimo
tratamiento de su voz. En Diamanda Galás su
obra descansa en el hecho y el acto musicales, en el formato canción y, por
supuesto, en géneros afroamericanos matizados por su genial carga dramática y cierta postura punk, antes que en un concepto de espectáculo definido
por elementos escénicos. En Galás el peso del espectáculo y el sustantivo que lo hace posible  recae en la interpretación antes que un acto performantivo (You’re My Thrill, último registro en directo de 2010) y en la formulación conjunta de los recursos musicales, literarios o políticos, eso sí, con dotes expresivas únicas.

En Diamanda Galás la obra descansa en el hecho y el acto musicales, en el formato canción y, por supuesto, en géneros afroamericanos matizados por su genial carga  dramática y cierta postura punk

A
nivel de virtuosismo y originalidad, caben señalar dos materias nada
frecuentes cuando se unen en una interpretación así: voz y piano. La conjunción
entre ambos instrumentos produce el fenómeno Diamanda Galás. Como cantante, su
voz se caracteriza por una articulación extrema en gritos inhumanos y
sobreagudos homicidas (8 octavas alcanza. Su profesor Alfred Wolfsohn, judío alemán,
superviviente del holocausto, lo consiguió de tres de sus alumnos), con inflexiones
guturales insanas que parecen surgir de una cavidad profunda y tenebrosa y emitiendo
modulaciones tímbricas muy extendidas (con y sin vibrato).

 

Como pianista produce una extraña aunque fascinante simbiosis de solemnidad dramatizada con
su voz. El piano ahonda en los surcos melódicos (sobre todo en los tiempos
lentos del blues) y abre figuras repetitivas que crean tensión percusiva
mientras sostienen la expresión oral. En conjunto, se da una tendencia
interpretativa hacia la tragedia y la tensión desestabilizadora de la melodía
(por suave como un blues que sea podría acabar en un aquelarre), elevación gótica,
estética siniestra, exclamaciones excéntricas, protesta, humor soterrado y
tratamientos electrónicos aditivos de poesía sonora (menos frecuentes).

En Guilty Guilty Guilty  (2008) recopila canciones de amor “homicidas y trágicas”
como el clásico de jazz Autumn Leaves,
Heaven have Mercy (Edith Piaf) o Long Black Veil (Jimmy Cash), entre otras
más atípicas. Pertenecen a directos que tuvieron lugar, principalmente, en
clubes tan señalados en la vanguardia como Knitting Factory y Tonic, ambos
clubes neoyorquinos (John Zorn impulsó el primero a finales de los 80 y el
segundo a mitad de los noventa. En 1989 ella se afincó en dicha ciudad). Con un
planteamiento literario con ciertas semejanzas, cabe recordar el que realizó
inspirándose en poemas de Baudelaire y Pasolini. Cabe recordar también sus
participaciones en las bandas sonoras de películas tan radicalmente distintas como
Natural Born Killers  (Stone), Drácula
(Coppola), El Inmortal (Moncada
Rodríguez) o In the mood of love (Wong
Kar-Wai).
Diamanda Galás, animal de escenario.