Escribir, leer… esa
es la cuestión








Me
sumerjo con avidez en un extenso artículo en la revista Raíces
sobre Harold Bloom, uno de los críticos literarios más influyentes,
el del Canon occidental.
Como no podía ser de otro modo, se trata de un lector voraz (un
“Funes el memorioso” que olvida a Borges en su canon) que lo
retiene todo como lector en soledad, dice. Kraftwerk, los alemanes
electrónicos, más que grupo es proceso. Ni es hombre ni tampoco
opinión. Su legado cibernético es síntesis de texto y de sonido,
apenas un sms y la problemática de la comunicación global. Dos
mundos contrapuestos y un ganador

Por ahora, el verdadero
canon occidental y el global es la síntesis de un mensaje que puede
decir mucho en muy poco pero que al final no deja de tener la
perdurabilidad de un día, sin sedimento alguno. Aunque Kraftwerk sí
lo dejara, conste. Pero si lo hizo fue porque iban por delante del
tiempo. El mismo concepto de progreso tecnológico acabó con ellos. Cuando la informática pasó de los laboratorios (los suyos Kling
Klang) al hogareño e incipiente PC de los 80, ellos también pasaron
a la historia.
Lo importante de la
historia es lo que aprendemos de ella, lo que nos hace mejores. Bloom
persigue la sabiduría a través de la lectura, toda una aventura, por ello
quizá prefiera, en esa búsqueda de la “subjetividad profunda,
que no es nada fácil”, la biografía a la historia. A mi tanto
bien me produce seguir las valiosas pistas de un erudito
shakesperiano como Bloom en un libro con páginas de verdad como
escuchar otra vez The Man Machine
desde cualquier dispositivo.

Lo
que no pude ser recomendable, de ningún modo, es prescindir de la
literatura para servirnos de la creación mínima textual. Y me
refiero a expresión mínima, por más literarios y descriptivos en
concisión que queramos ser, a un me gusta facebookiano, una fugaz
genialidad twitteriana (que para eso viene de remolino), un sms
(amigo o no), un whassap (o como se escriba) o un texto poco
“enriquecido” (y muy vinculado).

No renuncio a la lectura
activa (no quiero entrar en el tema de los best sellers que
proliferan en metros y hamacas de playa). El lenguaje es una
herramienta de crecimiento que si la reducimos al mínimo de su
expresión la banalizamos y nos embrutece, por más de diseño que
vistamos a nuestros pensamientos.
Y esto mismo, en pasado y
presente incluso de la música que amamos, en nuestra particular
cruzada contra el ostracismo que sufre el jazz y la música
contemporánea en contraposición a la nadería cultural y el mal gusto, incluyamos la
campaña de RNE-3, juntos pero no revueltos, debe
reforzarnos en la singularidad y la profunda subjetividad de la nos
habla Bloom, pues sólo esta facultad es la prueba más inequívoca
de nuestra esencia como individuos libres.
…Y prefiero tener la
cara regordeta con mirada algo achispada por el vino de Bloom que la
robotizada de Kraftwerk. 

Publicado en Cuadernos de Jazz (14-21 enero 2012)