Lisboa ciudad abierta (I)
Lisboa
tiene una plaza que la define, Praça do Comercio. Siendo un espacio
rectangular como se presupone, tiene en uno de sus lados una abertura
al estuario del Tajo al que se llega por unas escaleras… Apenas
estas escalinatas separa la tierra del suave oleaje que choca en las
márgenes de un río que ya aquí sabe a salado.
Abierta
a la vanguardia, Europa no tiene mejor tarjeta de visita para llegar
hasta ella que esta capital, entre tanto festival que sigue los
caducos parámetros de Montreux, los del North Sea de Rotterdam o el
de San Sebastian. Sin ningún reparo por la complacencia, sin ningún
tipo de rubor por ofrecer sonidos de exigencia y percepción
auditivas, Jazz
em agosto

cumple 30 años y tira la casa por la ventana con un cartel que
pasará a su historia.
Coincidiendo
con el 60 cumpleaños de ese gran ideólogo de la modernidad y la
apertura del jazz a infinidad de lenguajes y formatos como John Zorn,
el programa, que pivota básicamente entre dedicarle un ciclo,
posibilitar nuevos tamaños a proyectos en funcionamiento y dedicar
un espacio a figuras de la vanguardia histórica, ha puesto especial
cuidado en fomentar formatos electroacústicos. Plantillas que, no en
vano, venían reafirmadas por la polivalencia servida por el all
stars de The Dreamers o Electric Masada.
Efectivamente,
estos proyectos maduros de Zorn tendrían su equivalencia o relevo en
la versión XXL de The Thing (septeto) o la del quinteto de Peter
Evans (octeto). Sobre la vanguardia histórica, la otra baza que
sirve de pilar argumental en una edición tan señalada, vino dada
por la presencia de Anthony Braxton y Pharoah Sanders, además de
visionar dos conciertos históricos que tuvieron lugar en este mismo
escenario de Jazz em agosto del World Saxophone Quartet (1987) y la
Sun Ra Arkestra (1985).
En
nuestra siguiente crónica daremos cuenta de la visita de Anthony
Braxton y Mary Halvorson, maestro y alumna que coincidieron en el
proyecto del histórico músico de la AACM.

THE
THING XXL
MATS
GUSTAFSSON

(saxo tenor, saxo barítino)

INGEBRIGT
HÅKER FLATEN

(contrabajo, bajo eléctrico)

PAAL
NILSSEN-LOVE

(batería)

PETER
EVANS

(trompeta,
piccolo trumpet)

MATS
ÅLEKLINT

(trombón)

TERRIE
EX

(guitarra eléctrica)

JIM
BAKER

(piano, teclados)
miércoles 7 agosto de 2013, 21:30
Anfiteatro
ao Ar livre
Con
la idea de facilitar sinergias en formatos mayores sobre los
originales, la programación del festival, en manos de Rui Neves,
hizo posible con la versión XXL de The Thing la oportunidad de unir
dos -o tres con Chicago- de las escenas que más interesan a este
festival: la escandinava (que en esta misma edición ya tuvo su
protagonismo un día antes con otra versión extendida y eléctrica
de Elephant 9) y la neoyorquina (bastaría citar a John Zorn). Quizá
por ello, llevando el sonido del trío a una nueva dimensión, se
hizo posible uno de los mejores resultados a los que este cronista
pudo asistir. Música sin complejos que necesita de la potencia de
sonido de un concierto de rock de calibre grueso, música hecha de
precisión y de ruido, contundente, desgarrada, brutal…
Como
en el primer tema, auténtica tormenta de ruido sin descanso, una
nube cargada de distorsión que engullía todo a su paso, 15 minutos
de fuego ensordecedor y amenazante. Toda una declaración de
intenciones incial que luego fue más que matizada en diferentes
ángulos. Para
un auditorio avezado en Música Contemporánea conectada con el arte
sonoro esto podría ser calificado de “bruitismo”. Para el
aficionado al jazz que sabe de dónde viene y adónde puede llegar
esta música desde el último Coltrane (de hecho hicieron una versión
desmitificada y arrolladora de India
por la que Gustafsson pidió disculpas…),
con sus
capas de sonido y energía en colisión, esto sería una continuación
polucionada del free. Lo interesante del planteamiento de
The Thing es su cercanía al rock, de ahí quizá que la
colaboración con Neneh Cherry – más hacia el pop- haya podido
llegar a buen puerto. Su actitud y su sonido tienen tanto que ver
con el free como con el rock garage, pero sobre todo el punk: si la
actitud es importante en esto, el sonido lo es más, pero baste
señalar los ademanes, el vestuario y el balanceo nervioso, paso
adelante y hacia atrás, del guitarrista holandés Terrie Ex.
En
cierta forma, las maneras contestataria y agresiva, el volumen masivo
que expele este grupo, llevado al paroxismo cuando Gustafsson coge el
barítono y toma impulso en la
energía de los hiperactivos e inmensos Håker
Flaten y Nilssen-Love,
ponen
en evidencia todas las categorías antes señaladas,
a unos y a otros por igual. ¿Y quién mejor que Don Cherry para
derribar muros de estilo? Si nos gustó la intrigante melodía
arábiga que describía Golden
Heart

en el reciente The
Cherry Thing
,
con la voz lejana de su hija cantando desde las laderas del Atlas,
imaginen el juego hecho de capas de sonido que se cruzan y amontonan
creando tensión mientras el saxo dibuja la melodía al unísono con
el bajo. El intercambio milimétrico entre Gustafsson y
Håker
Flaten servía para subrayar el empuje rítmico o melódico pero
también, de manera esclarecedora en sus silencios, para comprimir y
descomprimir la tensión sobre los registros graves, es decir, la masa
de sonido.
Hay
dos factores llamativos en este formato aumentado en 4 músicos. Por
un lado el piano y los teclados de Jim Baker y la guitarra de Terry
Ex. Por otro la participación de Peter Evans, con su exquisita
digitación y efusión de líneas, y el trombón de Mats
Åleklint. Baker
se dio cuenta rápido que con el piano, ante el caudal de sonido, poco podía hacer. Sólo en Golden
Heart
,
entre sus velos misteriosos, pudo introducir alguna figura melódica.
Con el sintetizador, disparando fogonazos psicodélicos más que tecleando, estuvo mucho mejor. La guitarra funcionó como un elemento rudista,
nunca melódico ni tampoco rítmico. Ex, con ese balanceo incómodo,
creaba el zumbido de todo un enjambre de abejas y planos cortantes y
repetitivos. Lo suyo era “incordiar”, agitar…Peter Evans estuvo
muy acertado, era si cabe el músico que más líneas claras trazaba, dentro de su gusto por los fraseos elípticos. Trompeta y trombón sirvieron
para desarrollar la melodía, que siempre surgía como apuntes concisos.
La fogosidad de los metales, sobre todo del trombón, se adaptó bien
al ambiente ruidista.
Un
tema largo fue lo mejor del concierto. Ahí todas las claves antes
apuntadas se resolvieron de manera excepcional. Red
River

(Ingebrigt
Håker Flaten) es un tema insistente que con modulaciones en unísonos
y silencios en suspenso entre barítono y bajo llevan, de principio a fin, a lo largo de 20 minutos, un esquema de repetición
aditiva sencillamente desbordante. Como bis planteado en la base
rítmica, guitarra y teclado, ofreceriron un patrón básico de rock and roll. Sin
más. Luego se empieza a desmenuzar desde los metales y a dividirlo en células que crecen. Se recupera totalmente ya en sus partes,
con sus tiempos, con los que se juega a unísonos colectivos por
secciones pero de manera descompasada. En uno de ellos intantes se detiene.
Contundente, agresivo, descomunal…XXL
PETER
EVANS OCTET
PETER
EVANS

(trompeta, composición)

RON
STABINSKY

(piano, trompeta)

BRANDON
SEABROOK

(guitarra eléctrica, banjo, electrónica)
DAN
PECK

(tuba, tuba amplificada)

TOM
BLANCARTE

(contrabajo,
eufonio)

SAM
PLUTA

(electrónica, voz, trombón)

JIM
BLACK

(batería, electrónica)

IAN
ANTONIO

(percusión)
jueves 8 de Agosto de 2013, 21:30
Anfiteatro
ao Ar livre
Cuando
creíamos que este concierto sería una versión ampliada de
Ghosts,
el señalado trabajo que en quinteto tenía como principal reto
actualizar la no muy transitada frontera que hay entre la expresión
natural del jazz y la improvisación electroacústica, llega Peter
Evans con todo un concierto de música nueva escrita en forma de un
solo set y con un planteamiento, habría que señalar, con voluntad
(entiéndase de hoy) orquestal.
Dejó
algo fría a parte de la crítica que no se sabe muy bien por qué
esperaba algo parecido a lo que Evans ha hecho junto a Agustí
Fernández… Esto no era improvisación libre, sino música escrita
con segmentos improvisados y varias, hasta ocho, fuentes de sonido y
dimensión electroacústica (guitarra, teclado, ordenador, por un
lado, o dos tubas y dos bajos al mismo tiempo, por otro). Difiero de
Sam Pluta cuando, tras el concierto, dijo que su trabajo tenía que
ver con la música concreta. No veo objetos fijados, no encuentro
conexiones con Pierre Henry o Pierre Schaffer, le contesté. Sí en
cambio con el sonido interiorizado en células de un Xenakis o en los
patrones repetitivos de un Steve Reich en la percusión, con todo un
arsenal que incluía vibráfono. Aquí es donde la crítica de jazz,
no creo que la portuguesa, habituada a este escenario, se pierde. No
caben establecer paralelismos en el jazz, a no ser que llevemos al
presente la
brecha explorativa abierta por Dave Douglas en Sanctuary
(1997) o ciertos trabajos de los cerebros de la AACM.
El
juego entre tensiones por secciones, los puentes entre temas
pivotando en determinados instrumentos, solos que tuvieron entre los
más destacados el gaseoso y siempre acústico, aunque no lo
pareciera por sus modulaciones y timbres, del propio Evans, o el muy
creativo y personal del pianista (gran sorpresa) Ron
Stabinsky, aunando blues y atonalidad sin parecerse a Cecil Taylor, o
el que realizó con arco el gran contrabajista Tom Blancarte,
emulando en su comienzo al didjeridoo, o el de Brandon Seabrook, que
favoreció con su nervió un segmento rítmico que recordó a Steve
Coleman, sirvieron de transiciones a la vez que de rupturas y
amplitud del mensaje. Lástima que entre tanta notación, y con un
percusionista a su lado, Jim Black apenas destacara.
Música
que es esponja y faro. Quizá demasiado atada a la literalidad de
unas partituras que se presentaban en Europa por primera vez. Peter
Evans es una mente acaparadora y resolutiva. Sabe muy bien lo que
hace y cómo hacerlo. Rupturas, transiciones, unísonos, modos
repetitivos, volumen, atmósferas, tensión-relajación, ritmo
palpitante en planos o en aristas, orden y concierto, desbordamientos
no por saturación sino por compresión… aquí hay una personalidad
muy formada que hace posible concitar el mundo académico
contemporáneo y el alternativo. Una sinfonía fantasmal.
Por
Jesús Gonzalo



Fotos gentileza de  la Fundación  Calouste  Gulbenkian y  Nuno Martins