Opinión:

                              Mi mapa del mundo

La música de
Pat Metheny suavizaba los perfiles dramáticos de esta película que
nos sugiere un título. Cambio perfiles por fronteras, la tragedia se
llama inmigración. Releo la historia de un músico que cruzó medio
mundo para alcanzar la libertad, pasando por Crimea. Consulto un
atlas histórico, siglos XIX y XX… El mapa del mundo según Putin
ha crecido desde mi último artículo. Jesús Gonzalo

Putin se anexiona Crimea en menos de
un mes mientras las torpes estrategias de la Unión Europea y la
debilidad posterior de Obama por incorporar a Ucrania a su órbita
Occidental detonan y casi empujan a su población a una partida de
ajedrez entre tablas o guerra civil, como se vio en las
manifestaciones teñidas de sangre y violencia en la Plaza de la
independencia de Kiev. Son movimientos entre bloques geopolíticos
con intereses geoestratégicos sobre el mapa y sobre todo, y de ahí
esta debilidad política Occidental manifiesta, con fuertes intereses
económicos y energéticos con la “Nueva Rusia”.
En el Estrecho, en medio del choque
controlado de estas placas que recuerdan el pulso de la Guerra Fría,
unos cientos de subsaharianos, se anuncia que un número cercano a
los 40.000 espera en tierra marroquí con el mismo objetivo, intentan
cruzar la frontera sur de Europa desde Ceuta y Melilla. Frente a las
costas de Lampedusa, siguen llegando y muriendo hombres y mujeres que
huyen de Siria. Dos modos de ver las fronteras. La del poder y la de
la pobreza. Mi mapa del mundo
Nadie sabe lo que ha estado en juego
en este pulso diplomático que ha ganado por goleada Putin, biznieto
de la Revolución pero hijo del más férreo sistema soviético
(KJB), cuya ambición pretende rescatar el imperio ruso de los Zares
(tiene un retrato de Nicolás II) justo lo que parecía tenía que
enterrar el comunismo. Pero ya Putin en Siria impidió el amago de
intervención de los EEUU, que se repliegan de la zona con la
anunciada salida de Afganistán.
Todos estos grandes países que se
mueven en “su” particular frontera entre comunismo-nacionalismo y
el capitalismo más salvaje del mercado negro han tomado buena nota
de cómo se ha fallado este pulso, y el de Siria, y el de Irán…Si
con China la cosa parecía más que evidente aplastante con sus
compras billonarias de deuda pública occidental, el área de
influencia planetaria se decantá más aún en Oriente con este
personaje sombrío y prepotente que intenta saldar las cuentas de la
Gran Rusia tras la caída del Muro (¿lo intentará con otras
repúblicas exsoviéticas del Mar Negro?).
Las dos son noticias, información
susceptible -más la primera- de ser manipulada en sus conclusiones.
Pero la segunda, además de necesidad, conlleva el testimonio del
destierro, de una persona, un individuo que tras muchos obstáculos
se enfrenta al último de ellos antes de alcanzar su meta. La
intrahistoria nos puede enseñar más, por lo tanto, que la historia
oficial. La que hoy quiero mostrar es la de un músico judío que
huye de Polonia por la persecución nazi. Su vida es una de las más
rocambolescas y felices de las muchas y trágicas que puede contar su
pueblo en el siglo XX.
Ben
Bazyler nace en 1922 en Varsovia y vive en un barrio obrero no judío.
Muy joven forma parte de bandas de jazz que se está de moda en los
30, mientras aprende el folclore de su cultura, los klezmorin.
En su huída atravesando el mundo llega hasta la Costa Oeste de
Estados Unidos sin atravesar el Atlántico, la vía más corta y
lógica. La tierra del yiddish, la lengua de los judíos askenazis,
se extendía por el sureste de Europa en regiones como Moldavia,
Rumanía y Ucrania, país, como saben, que aún no es europea. Hubo
un tiempo en el que el sur de Ucrania era visto para el klezmer como
Nueva Orleáns para el jazz. Odessa llegó a ser, y hay discos
recientes que intentan sacar a flote este hecho, uno de los centros
más importantes de la cultura klezmer.

Bazyler llega hasta Ucranía en 1947
al abandonar el campo de trabajo en Sibera, donde fue deportado con
su familia en 1941. Primero la amenaza nazi y luego las
prisiones soviéticas en Siberia. Sigue hasta el suroeste de Crimea
gracias a las indicaciones de otros músicos klezmer. De allí pasó
a Uzbekistán, donde se ganó la vida tocando en restaurantes y en
bodas en la capital, Taskent. Allí el pusieron el sobrenombre de
“Boris el músico”, formando varios grupos de jazz y músicas
populares con otros músicos judíos refugiados de Ucrania, una
música que era una mezcla de influencias rusas y rumanas. En 1950
consigue que Dave Brubeck toque en la capital uzbeka. En 1967 se
asienta en Los Ángeles y comienza otra vida de espaldas al
pasado…si eso fuera posible.
No
se pueden contar las fronteras, los antiguos imperios
(Austro-húngaro, Otomano y Ruso) o las nuevas naciones que hoy
cruzaría Bazyler persiguiendo un sueño de libertad. Su testimonio
es personal, sí, pero encierra mucha más verdad que la noticia de
una nueva frontera entre países.