Sentado en el jardín de las piedras

Para Cage no existía diferencia entre el arte y la vida, entre la experiencia del sonido y su escucha. Su larga indagación sobre la naturaleza del silencio, en paralelo a su abandono de todo ego creativo y su búsqueda de una armonía horizontal (oriental frente a occidental), le conduciría al budismo Zen y de ahí a Ryoanji, que significa el Templo del Dragón de la Paz

Ryoanji es un lugar de peregrinaje situado en Kyoto cuyos primeros vestigios históricos datan de la época de las guerras Onin, alrededor del 983 de nuestra era. Es famoso, además de por la exuberancia de la flora y la abundancia de agua en perfecta armonía espacial con las construcciones, por el singular Jardín de las piedras, cuya contemplación inspiró esta obra de 1983 (aquí versión de 1995).

Ryoanji es una pieza fundamental en su repertorio de John Cage por situarse cerca de sus últimas piezas numéricas y por reflejar no ya sus inquietudes filosóficas-contemplativas sino por la trascendencia de un sonido articulado desde las tradiciones musicales japonesas

Es necesario señalar que pese a todo lo dicho, o quizá a consecuencia de esa actitud que buscaba John Cage,Ryoanji es un paisaje armonizado por la mano del hombre. Aquí desaparece el hecho dialéctico sobre el lenguaje antes expuesto, para dejar paso al silencio y a la contemplación, a un movimiento estático que recupera el acto (en afinidad con el budismo) del ser sin estar.

Ser sin estar. Silencio. Contemplación. Movimiento estático. Tiempo líquido

ZEN

 

En esta histórica versión de Ryoanji (hay varias con distintas duraciones y conjunto instrumental, ésta la llevan a cabo músicos especializados en el autor como Eberhard Blum, flauta, Robert Black, contrabajo, Iven Hausaman, trombón, Gudrun Reschke, oboe, John Patric Thomas, voz, y Jan Williams, percusión) se pueden apreciar los materiales y los conceptos de creación musical mediante partituras gráficas que manejaba Cage en la última parte de su vida, antes de emprender las denominadas obras numéricas (Ten, Four, Fifty Eight…). Por eso, y por otras muchas razones que tienen que ver con la trascendencia de un sonido articulado desde las tradiciones musicales japonesas, Ryoanji es una pieza fundamental en su repertorio.

El acentuado sentido del discurrir del mensaje, como un mantra, queda establecido por una percusión (las piedras) que marca un ritmo asimétrico que se hace líquido e imprevisible en la extensión, así como el trabajo de la voz (lamento) y los vientos (con el susurro de la naturaleza) emulan las inflexiones de los ritos budistas que contienen canto y flauta shakuhachi. Estos materiales definen un entramado sonoro que fluye con incierta levedad y al mismo tiempo con una profundidad arcaica (la arena).