El danzón de Moisés

Al margen de las distancias temporales o geográficas, tanto el klezmer judío como la música afrocubana han seguido una evolución desde dentro hacia afuera de sus fronteras físicas y raciales. Ambos fenómenos expresan un sentimiento de exteriorización ligado a un espíritu colectivo, que ha sufrido persecuciones, represión, marginación o esclavitud. También suponen un desapego del hecho académico europeo del siglo XIX, momento de su desarrollo y expansión. Como ese género sincrético del danzón, eran músicas hechas para compartir y bailar, preferiblemente en la calle, no en un gran teatro.

Los puntos de convergencia entre judíos y cubanos no son lineales, unos por aislamiento y otros por razones políticas se vieron obligados al exilio (después de la Revolución de 1959, por ejemplo). En sus comunidades se dio el mestizaje y la dialéctica entre alta y baja cultura traída por el colonialismo. Alejo Carpentier podría ser un ejemplo perfecto -del siglo XIX hasta el XX- de esta simbiosis entre lo “negrista” y lo “cultista”. Otro sería ese milagro sincrético llamado danzón (1).

“Como el jazz nacido en Nueva Orleáns, la música cubana, surgida en una isla pequeña y poco poblada, puerto de escala casi, no tiene ciertamente una explicación lógica o coherente. La música, como el espíritu, sopla donde quiere”.

  Guillermo Cabrera Infante

Tomando las palabras de Cabrera Infante como punto de partida, o más bien de llegada por mar, se hace difícil entender cómo surge un fenómeno musical en el que toman contacto rasgos culturales y sociológicos de regiones geográficas tan alejadas como la del klezmer askenazí del Este de Europa y la afrolatina del Caribe. Las convenciones artísticas se desarrollan y cambian con el contacto entre sociedades y por el proceso de aculturación que favorece tanto los movimientos migratorios (2) como la economía global.

Como en la novela de Cabrera Infante Tres tristes tigres, que debe de ser escuchada y no sólo leída, los juegos polifónicos se convierten en polisémicos e inundan de referencias y exuberancia un estilo híbrido como éste que nace en Manhattan

La Tercera Isla del Caribe

El frágil equilibrio que mantiene vínculos entre tierras mediterráneas, centroeuropeas y del África occidental llega por mar, tras hacer una parada en el Caribe Nueva Orleáns, hasta las costas de otra isla, la de Manhattan (imagen superior, años 30). Desde principios de 1940 el jazz de Dizzy Gillespie se había fundido con las percusiones ararás de Chano Pozo para poner la primera piedra del jazz latino bajo el nombre decubop. Las orquestas de Machito y Mario Bauzá, después de Chico O`Farril y Tito Puente suenan ya en el Harlem, el barrio del jazz.  Una década más tarde, años 50, en el cercano Bronx podías encontrar vecinos hispanos, afroamericanos y judíos. `Los grandes sellos discográficos de jazz vendían un nuevo producto para esta población. La mayor parte de su ejecutivos (Blue Note, por caso) eran judíos. Pero hubo un empresario avispado, Morris Levy, que apoyó este primer fenómeno llamado cubop que luego sería latin-jazz. Lo haría poniendo énfasis en el lado de los músicos caribeños de la ciudad. Con la creación de los sellos Roost (club fundado en 1948), Tico Records y Alegre se dejó constancia de la evolución del género hacia la salsa (la Tico All Stars nació antes que la Fania).En el Hollywood de la década de 1950 que gustaba de decorados exóticos con música de Xavier Cugat o Pérez Prado (germen de la lounge music), o el cóctel burlón del inefable Mickey Katz, como en el trabajo de marca de Morris Levy, se establecieron relaciones comerciales y musicales entre la cultura judía y la creación latina. A la vuelta de la esquina de la década de los 60, la del declive del klezmer y la música afrocaribeña, y como a tres cuadras del Bronx, la salsa empezaba a cobrar forma para estallar en los 70.

Como a tres cuadras de aquella esquina en el Bronx, la salsa empezaba a cobrar forma en los 70. Este encuentro musical goza del humor y la espontaneidad de la calle (foto superior de La Habana en 1950), pero también parte de una escrupulosa alquimia entre géneros

Kosher con mojito

La escena klezmer neoyorquina, que es donde se cuece todo esto, tendría que esperar al revival de la cuarta generación (3) para expandir su sonido y actitud festival. Esto sucedió a mitad de la década de 1980 en lugares tan señalados como la Knitting Factory (fundada en 1987), donde confluían distintas manifestaciones underground alrededor de mentes como la de John Zorn (allí puso en marcha el grupo Naked City), que es quien apoya desde su sello los grupos que presentamos. En clubes como la Knit se vivió el “renacimiento” del klezmer con festivales incluidos (foto inferior, 1998), para poco después apagarse tanto como este mismo local que se hizo famoso. Entre otras aventuras con el jazz-punk, el klezmer se encontró con la música afrolatina (Don Byron también saco de este club su versión sobre Mickey Katz) dando lugar a este singular fenómeno.

Sólo John Zorn y Tzadik podían alumbrar los proyectos de Roberto Rodríguez, David Buchbinder, Rafi Malkiel o Klezmerson, música que provoca efectos tan sorpresivos como pedir kosher con mojito

Nuestros protagonistas son: un percusionista cubano que asimiló la música judía desde niño en su barrio de la Habana y que confecciona un producto muy elaborado entre ritmos afrocubanos, melodías klezmer pasada por el tamiz del danzón y ornamentaciones sofisticadas. En segundo lugar un trompetista canadiense de apellido centroeuropeo que usa modelos de improvisación dentro de un combo a medio camino entre latinjazz y folk balcánico. Un trombonista israelí que llega Nueva York manejando todos estos planteamientos que giran entorno a los ritmos caribeños más allá de estilos y procedencias. Y por último un grupo mexicano dirigido por un violinista que hacen un jazz-rock con melodías mexico-klezmer absolutamente lisérgico.

Roberto (Juan) Rodríguez

No debe sorprender que sea un percusionista -y que sea cubano como el legendario Chano Pozo-, hijo del también músico del mismo nombre, el urdidor de un estilo que ha tenido en el sello Tzadik su mejor aliado. Rodriguez conoce desde niño a inmigrantes judíos en su barrio de La Habana. Parte a Miami y de allí a Nueva York, donde diversifica su carrera. Toca en varios grupos hasta que fue visto por John Zorn, que ya incorporaba desde principios de 1990 percusiones afrobrasileñas de Cyro Baptista en el ciclo de bandas sonoras de cine independiente. Es él quien inaugura en Tzadik este espacio intercultural con el disco que da título a nuestro artículo: El Danzón de Moisés (2001). Ha publicado cuatro más.

El percusionista nacido en la Habana, Roberto Rodríguez, es quien inaugura en Tzadik este encuentro con el disco que da título a nuestro artículo, El Danzón de Moisés (2001). Su música es la que mejor representa la alquimia colorista y bienhumorada de las esencias afrocubanas, la música de salón y las melodías y acentos judíos

En el estimulante y sabrosón El Danzón de Moisés, probablemente su mejor trabajo, también en Timba Talmud, los estilos típicos cubanos como el son, la guajira, el guagancó-salsa y por supuesto el danzón son investidos por el espíritu del klezmer a través de instrumentos como el clarinete o el violín, ambos aportan personalidad judía y cuentan con el apoyo de músicos del entorno directo de Zorn (Mark Feldman entre otros). El enfoque, estructura y duraciones de los temas es propio de la tradición cubana, una lectura basada en en un agraciado ensamblaje con solos que desprende optimismo y simpatía desde los títulos en El Danzonete Hebreo, Shalom a Shangó, Babailón o El sabor del Shabat. Las otras dos obras, Baila Gitano, baila! The First Basket eligen temáticas más rebuscadas en lo conceptual  y pretenciosas en la mezcla de estilos (sobre todo la segunda: ska, surf rock, sicodelia…), con una intencionalidad de alquimia y sonido que le acercan al easylistening (la Space Age-Pop de Lex Baxter).

Recientemente tuvo ocasión de leer a su manera, en una contagiosa combinación de salsa con cuerdas y clarinete, el segundo libro de Masada para la fundamental serie The Book Angels en Aguares (nº 23, 2014), otra de sus obras de referencia en Tzadik.

 

 







David Buchbinder: Si Torres es decididamente afrocubano, el argumentario de Buchbinder es jazzístico y por tanto cede espacio a los solos y refuerza la organización del esquema instrumental por secciones.

El trompetista de Toronto (la comunidad judía canadiense auxilió a sus parientes cubanos en los peores momentos) fue antaño director de la Flying Bulgar Klezmer Band, y por tanto plantea en Odessa-Havana (2008) tras esa experiencia con la tradición askenazí unos cimientos melódico-rítmicos
que ponen su acento  en la tradición musical del Este de Europa (judeo-gitana), extendiendo una plataforma de funcionalidad klezmer-jazz en la que los matices latinos se resuelven de un modo más ornamental (sobre todo en acordes de piano y polirritmias) que pendular.Tiene, por decirlo de algún modo, un enfoque de reelaboración parecido al Music for 6 de Don Byron, el clarinetista que homenajeó a Mickey Katz. Muy estructurado y a conciencia repetitivo por momentos, aplicando fórmulas de tensión-relajación-tensión, Odessa-Havana resulta menos sugestivo que los trabajos en disco de Roberto Rodríguez aunque su sonido resulte más compacto y homogéneo. Freylekles Tumbao es un ejemplo perfecto.

Su último -y mejor- trabajo en Tzadik es Walk to the sea (2013), un sonido que integra la belleza lírica  Sefardí, teñida de hispanidad flamenca en el brillo de su trompeta, con un robusto planteamiento que parece orquestal sin serlo.

Rafi Malkiel

Nacido en Israel en 1972, la carrera del trombonista Rafi Malkiel parece seguir en Water los pasos de otros músicos de su procedencia instalados en Nueva York. Allí un día acompaña a Toto La Momposina, otro a Lauryn Hill y luego
termina tocando con Reggie Workman en un homenaje a John Coltrane.

Rafi Malkiel, trombonista israelí plantea en Water un escenario tan cambiante en forma y contenido como el líquido elemento. Se ayuda para ello de un grupo multiétnico que recuerda a la International Vamp-Band de su compatriota Avishai Cohen

El trombón es un instrumento de larga tradición jazzísica y también latina, vínculos que acentúa Malkiel de manera más evidente y generosa en Island (2007), donde ya proponía una conversación panorámica desde Brooklyn. Los ritmos como la salsa llegan hasta la cumbia colombiana, como ya hiciera trombonistas como Juan Pablo Torres o Jimmy Bosch.


La presencia de clarinete y saxo con el trombón, además de las percusiones, subraya el acento klezmer y favorecen el juego polifónico y las mixturas étnicas en Water. La alquimia babélica de este excelente trabajo la introduce la variada procedencia de cada miembro del grupo. A ello ayuda una temática basada en los distintos estados en los que aparece el agua (mar, tormenta, lluvia), cuestión que conecta con la tradición afrocubana de los orishas.Un trabajo polimorfo con introducciones que sugieren polifonía barroca, o esquemas de donde surgen marchas procesionales sicilianas, reggae, bolero o danzón bachiano, sin que falten equilibrados y bien trenzados espacios improvisatorios que impulsan el cariz multirracial de jazz que se concita. Water y su expresión viajera, sobresale en el catálogo de Tzadik dedicado a esta singular fórmula latin-klezmer-jazz.

Klezmerson

Es el último proyecto descubierto por Tzadik dentro de estos estilos mestizos entre cultura judía y latina. Mexico da al Caribe, esto es importante tenerlo en cuenta porque en su música tradicional hay danzones y varios tipos de sones, además de boleros y cha cha chá. Ritmos todos ellos con presencia en Cuba y también en este grupo. El violinista, pianista, teclista, compositor y líder de Klezmerson -inspirado nombre con el que echó a andar este grupo en 2003- es Benjamin Swartz, que estudió violín desde los 6 años en Los Angeles. Ya de adulto se metió en la composición y formó parte de la prestigiosa Orquesta Sinfónica Carlos Chávez. 

Benjamin Swartz y John Zorn, en cuyo sello se ha dado a conocer Klezmerson, grupo mexicano, auténtico  jarro de agua fresca llevada a ebullición, que genera un tipo de klezmer a base de un jazz-rock lisérgico

El sonido de fusión que prone kelzmerson es prototípico de la abigarrada y voraz escena de Ciudad de México, un  batiburrillo de jazz psicodélico y latin sofisticado al modo fronterizo-renovado de Henry Mancini en Sed de Mal, pero con tensiones más agresivas y canallas. Hay en su formato, integrado por trompeta (no puede faltar en toda música mexicana), metales de calibre grueso (saxo barítono con intención garage), acordeón (fundamental en la música del norteña), bajo eléctrico, guitarra, batería-percusión, violín y teclados, un claro vínculo inspirador con el  grupo  Electric Masada del patriarca Zorn lo que les permite situarse en vanguardia y también ofrecer citas directas al klezmer.

 

Es por ello que cuando versionan a Zorn en AmonThe book of angles nº 24 (2015), este grupo se explaye en todo su potencial acústico. En sus dos anteriores,  7 (Siete, 2011) y Klezmerol (2008) el combustible eléctrico pone en marcha y lleva al paroxismo mestizo un discurso  arrebatador.

 

 

Notas históricas:

(1) Nombre adoptado de un baile alemán que data de 1879. En 1910 el clarinetista José Urfé le dio forma agregando al final un segmento de son. Este estilo intercala patrones o bien fragmentos de piezas clásicas  e instrumentos de percusión afrocubanos y otros europeos. Impulsado por la familia Orestes López en los años 30, evolucionando hacia un son montuno sincopado y gracias a su posterior extensión hasta Nueva York, de la mano de Pérez Prado y Arsenio Rodríguez sería conocido como el célebre mambo.(2) Se piensa que los primeros judíos llegaron a Cuba poco después de su expulsión de España en 1492 (Luis de Torres, Juan de Cabrera, Rodrigo de Triana). En los siglos XVI y XVII se reparten por otras islas antillanas (holandesas) llegando hasta Brasil. En el siglo XIX la comunidad judía toma relevancia gracias al comercio entre España y Estados Unidos. En 1906 se inaugura la primera sinagoga en Camagüey, que junto con Santiago y La Habana (con el 75%) era uno de  los centros de mayor población judía. Esta última llega tener 5 sinagogas, una de ellas sefardí. En los años 40, judíosllegan a Cuba (Santiago) procedentes de Turquía y Polonia.

(2) Hasta 1959 era la comunidad más próspera de Latinoamérica. Había entonces 1500 judíos en Cuba. Después de la Revolución huye el 94% hacia Israel, Canadá (país que apoyó mucho a esta comunidad del Caribe) y EEUU (Miami). El régimen de Castro, que en principio simpatizaba con las víctimas del Holocausto y más adelante apoyó la causa palestina, mantiene durante décadas una tensa postura (“sionismo = racismo”) dirigida hacia Israel. En los 80 se crea la Escuela Hebrea Tikkum Olam en La Habana. La década de los 90 viene marcada por la Guerra de Golfo y por ataques a las sinagogas. En los 2000, gracias a la apertura comercial con técnicas de irrigación, se suavizan las relaciones permitiendo una mayor entrada de judíos desde la salida secreta en 1994 de unos 400 en la “Operación Cigarro”. En 2006 se celebró el 100 aniversario de la comunidad judía cubana.
(3) Según clasificación establecida por el escritor Yale Strom en su libro  The Book Of Klezmer, The History, The Music,
The Folklore
(Acapella) en el que delimita márgenes cronológicos para analizar el resurgimiento y la expansión vivida por el klezmer desde finales de los 70.