Pocas veces en la historia se han producido conexiones estéticas que se expliquen y complementen tanto como las de Mark Rothko y Morton Feldman, maestros ambos en el difícil arte de expresar el silencio.  El músico reconoció a la escuela del Expresionismo Abstracto como su principal influencia. Corriente, como el ruido en la música, que suponía la muerte de los criterios estéticos establecidos. Tradujo a sonidos, entre estatismo, silencio y continuidad,  la pintura de Rohtko, autor a cuya trágica muerte dedicaría la sobrecogedora Rohtko Chapel en 1971. Este binomio creativo culmina la relación música-pintura que otros como Kandinsky, Picabia o Klee habían protagonizado.

 

Los expresionistas nunca lo imaginaron: llegar a lo más alto siendo referentes de la vanguardia americana posterior a 1950 y terminar sus vidas como artistas románticos. Pollock no se suicidó, pero casi… Y Rothko no se despidió ese 10 de febrero de 1970.  Tampoco dejó nota alguna. Un velo envuelve la obra y también la compleja personalidad de alguien que logró “pintar la misteriosa tragedia del silencio de Dios”, como lo definió Dominique de Menil, fundadora junto a su marido de un espacio “religioso abierto a todas las religiones”. A ese mausoleo, ubicado en Houston (Texas), se le ha llamado la Capilla Sixtina del arte del Siglo XX. Allí se exhiben, en silencio litúrgico, las últimas pinturas oscuras de un autor al que su amigo Morton dedicó Rothko Chapel tras su trágica muerte.

 

 

Campos de color

Se conocieron 20 años antes. El Village de Manhattan, con sus edificios no muy altos, era posiblemente un barrio más sucio pero también más estimulante en los años 50. Un lugar de modernidad y bohemia, olla en la que se cocinaba al mismo tiempo la nueva literatura de los beatniks, el jazz más pujante y la pintura que  trasladaría el centro de atención de París a Nueva York. El Cedar Tavern, en la esquina del número 82 de University Place y por lo tanto cerca  de  la Universidad, era el lugar de encuentro.  No es que fuera un sitio refinado, era más bien un lugar humeante con olor a alcohol y a comida barata. Un sitio en el que te encontrabas con personajes del barrio para hablar de arte. Porque si hay algo que preocupa a las vanguardias desde que nace el siglo XX es el hecho de hablar de arte por el arte de hablar.

Desde la otra acera, el joven Morton los veía pasar. Willem de Kooning, Barnett Newman, Franz Kline, Jackson Pollock o Philip Guston, autor que como  Feldman procedía de una familia judía emigrada desde Rusia. Ambos se harían íntimos amigos tras ser presentado por John Cage. También estaba Clyfford Still, autor que causó un gran impacto en la transformación hacia los tonos oscuros en Rothko. El gran defensor de este movimiento, Clement Greenberg,  la llamó la colour-field painting o pintura de campos de color por su representación de “una planitud que late”.

 

Rothko culmina la relación música-pintura que otros como Kandinsky, Picabia o Klee habían explorado. Y lo hace con Morton Feldman, compositor que se inspiró en el expresionismo abstracto. Una corriente que como el ruido en la música suponía la muerte de los criterios estéticos establecidos

El Cedar Tavern cerró en 2006 tras cambiarse de calle. Aguantó mucho más que otros bares míticos de la zona como el Five Spot. Pero nunca debió ser un lugar lo suficientemente elegante, ni siquiera agradable, para el gusto de las mujeres artistas o esposas como la de Pollock, Lee Krasner, que no lo solían frecuentar. A Rothko nunca le gustaron los colectivos y todo lo que oliera a “etiqueta”. Hoy el lugar que ocupaba el Cedar ya no huele ni a tabaco, ni a sudor ni mucho menos a pintura fresca: es una tienda de depilación.  A Rothko nunca le gustaron los colectivos o la “etiqueta”,  así que dejó pronto de acudir a la cita del Tavern, aunque conoció a Feldman en ese mundillo.

En esa época de los años 50,  se constituyeron dos escuelas “de Nueva York”. Una  pictórica, la otra musical (Feldman, Cage, Christian Wolff y Earle Brown). Para estos artistas la abstracción despejaba el obstáculo a toda norma de composición basada en figura y fondo, dejando libre el terreno a una obra sin marco, sin sujeción espacio-temporal. Feldman partía también, como Rothko, de una descentralización de motivos: no había notas más determinantes que otras, eran como manchas que se sostenían en el pentagrama del mismo modo que los rectángulos de Rothko en su éter de color. “Prefiero pensar que mi música está situada entre categorías, entre tiempo y espacio, entre pintura y música, entre construcción y superficie”.

 

Feldman siempre reconoció que su verdadera escuela fue la de los expresionistas abstractos. Los veía subir camino de la Cedar TavernWillem de Kooning, Barnett Newman, Franz Kline,  Jackson Pollock, o Philip Guston.  El gran defensor de este movimiento ,Clement Greenberg,  la llamó la colour-field painting o pintura de campos de color

 

Morton era un tipo, se dice, extremadamente inteligente, hipersensible e incluso vulnerable. Abierto a reconocer su amistad y admiración por otros creadores, fundamentalmente pintores aunque también dedicara piezas a Samuel Beckett y al poeta Frank O`Hara, escribió una serie “para” donde entregaría For Franz Kline y ForDe Kooning a principios de los 60, dos piezas que se construyen sobre el silencio y formas adustas. La más descriptiva y solemne Rothko Chapel (1971) o la ascética For Philip Guston (1984) pertenecen a la segunda y tercera y última etapa creativa del compositor, a la que también pertenece For Bunita Marcus (1985), pieza para piano solo dedicada a su discípula en la Universidad de Buffalo y exégesis del estilo feldmaniano por su depuración íntima en conexión con la pintura de Rohtko.

El matrimonio de coleccionistas compuesto por John y Dominique de Menil entendió que los grandes y oscuros lienzos de su obra póstuma debían estar recogidos en un espacio que potenciara la contemplación espiritual de la misma. La Capilla Rohtko fue diseñada en planta octogonal por el arquitecto Philip Johnson. En la Capilla, la superficie perturbadora y vibrante de la pintura se convierte en una experiencia contemplativa. El observador queda atrapado por un efecto óptico que resuena en el silencio. El “silencio de Dios”, como lo definió Dominique de Menil.

Melodía en el vacío

 ” El silencio de Dios”… La Capilla Rohtko fue diseñada en planta octogonal por Philip Johnson. Dentro de ella la superficie perturbadora y vibrante de los lienzos de Rothko hace de su contemplación una experiencia espiritual

Escribir piezas largas que como los lienzos de Rothko pudieran no tener fin. Continuidad, estatismo y silencio, cambios casi imperceptibles se mueven en un magma abstracto de lentas dinámicas, de fragmentos que se precipitan lentamente. For Philip Guston y sobre todo el String Quartet II tenían duraciones inauditas. Rothko Chapel es un punto y aparte: hay voz, melodía y referencias autobiográficas. Feldman, que ya había empezado la serie The Viola in my life un año antes (1970), decide dar cierta relevancia en un empaste que le es afín (cuerda, piano-celesta y una percusión timbrada). Luego divide la obra en 4 partes adaptándola al espacio octogonal (divido en dos). La primera s una declamación quejumbrosa y oscura, un espectro. La segunda adopta un sonido más abstracto y estático. La tercera sirve de interludio entre voz-soprano, viola y timbal. En la cuarta, el epílogo, une viola y vibráfono y acumula tensión y mensajes en forma de collage desde el coro.

El motivo de que Rothko Chapel sea una obra tan especial hay que encontrarlo en esa vocecita que surge de la nada como apunte biográfico, como melodía del recuerdo

No por casualidad, las duraciones en el último Feldman parecían  querer extenderse hasta el infinito como los lienzos de Rohtko salir de su marco al final de su vida. Esta partitura, en cambio, consta de cuatro partes, la mitad de las paredes del edificio, y se desarrolla en un planteamiento que avanza hacia una conclusión. Es una página de atmósfera subyugante, posiblemente inspirada en el Holocausto. Con referencias autobiográficas, siendo ambos de origen judío, su implicación en este réquiem revela un duelo por uno mismo. La voz introduce un fragmento escrito el día del sepelio de Igor Stravinski (6 de abril de 1970) e intercala, en ese color que vibra desde la penumbra, una canción sencilla, una melodía aprendida en su infancia en la sinagoga. Hacía ella avanza la obra llevada por la extrañeza que ofrecen cánticos de sinagoga escuchados cuando niño.

Desde el recuerdo y no desde el olvido, en esa melodía que emerge del vacío, Feldman desvela el significado oculto de sus pinturas y deja abierta una ventana al alma de Rothko.


Rothko Chapel
Feldman, Satie, Cage
Kim Kashkashian:viola; Sarah
Rothenberg
: piano, celesta; Steven Schick: percusión; Sonja
Bruzauskas
: mezzo-soprano; Lauren Snouffer: soprano. Houston
Chamber Choir/Robert Simpson
: dirección
ECM New Series 2016
*Marcus Rothkowitz, Letonia 1903-Nueva York 25 de febrero de 1970.