Rapsodia triste de amor

 

La música dirige la historia de esta gran película polaca. Al menos nos lo parece. La música y el amor.  Un amor romántico atrapado en la Historia. Todo empieza en unas grabaciones de campo, al modo del registro etnomusicológico que ya llevaron acabo Zoltan Kodály y Bela Bartok a principios del siglo XX en zonas rurales del área de Rumanía, Hungría y Polonia. Nos situamos en 1949. La guerra ha terminado, Polonia ya pertenece a la Unión Soviética. Unos expertos tienen la misión de encontrar la esencia del pueblo y registrarla para definir un producto cultural-patrimonial-propagandístico (canciones y danzas húngaras y romanís) del gusto del Régimen, que alimente y sirva de unión a ese nuevo bloque enfrentado al capitalismo. Tradición frente a consumo.

En una de esas competiciones locales de “eres una estrella” que el sistema promulgó, uno de los expertos musicólogos, Wiktor Warski (Tomasz Kot), descubrió lo que a primera vista era una cantante tradicional con cierto talento y personalidad, alguien con una capacidad expresiva que hacia algo no ya marcado por la tradición o el sistema sino definida por su expresión individual. O al menos eso vio él, un tipo con silenciosa mentalidad occidental, adonde quiere ir con ella.

 

Una melodía venida de pueblos olvidados llega hasta París. El amor salva las fronteras del régimen comunista. El amor duele y se mantiene en la distancia obligada, pero estalla en la pasión del reencuentro

Él la encumbra dentro del proyecto Mazurek (mazurka), grupo de folclore tradicional que abarca las músicas populares de los países soviéticos pero que, al mismo tiempo y debido a su éxito, tiene suficiente proyección más allá del Telón de Acero, en países occidentales. Es esa disyuntiva entre bloques ideológicos y no entre el amor entre personas la que marca la película: la posibilidad de escapar, de volver a encontrarse para estar unidos. Él aprovecha la ocasión.

Pawel Pawlikowski vuelve a usar tras la genial Ida (2014), en ese arrastre de dolor y emociones sublimadas de una memoria que nadie quiere recordar, la de los años de posguerra en Polonia, un blanco y negro intenso, herido y luminoso. Cine absoluto y redentor

La historia de amor que significa esta película comienza ahí. Justamente entre fronteras, entre lo rural y lo urbano, entre la edad de ella (Joanna Kulig en el papel de Zuzanna “Zula”), más joven, y él, más maduro, entre comunismo y capitalismo, entre pasado y futuro. Entre un pueblo de Polonia y París, adonde él se exilia y triunfa haciendo jazz, con toda su bohemia humeante, y música para cine.

Esa es la época, los años pasan… 1949-1954- 1957, uno tras otro. Ella viaja con el ya prestigioso grupo folclórico, él va a su encuentro. Encuentros furtivos como un eclipse (L`eclipse, club de París), sostenidos de bellos silencios llenos de pasión, obsesión y desgracia. Amor y tragedia de postguerra, de otra guerra que tampoco eligieron, más fría y absurda si cabe. La falta de libertad, la incapacidad de vivir un amor deseado, incompleto no por dudas de sentimientos o pasión, sino por algo que acaba volviéndose enfermizo por indecisión, ausencia u obstáculos.

Pawel Pawlikowski vuelve a usar tras la genial Ida (2014), en ese rastrear de dolor y emociones sublimadas de una memoria que nadie quiere recordar, la de los años de posguerra en Polonia, un blanco y negro herido y luminoso. Cine absoluto y redentor.

 

Título original: Zimna wojna. Año: 2018.

Duración: 88 min. País: Polonia

Dirección y guiónPawel Pawlikowski

FotografíaLukasz Zal (B&W)

RepartoTomasz Kot. Joanna Kulig