Desde el primer instante, en ese plano secuencia en el que el agua deja un rastro de espejo en el suelo, uno sabe que está ante una obra mayor. Ante el cine como arte. Que también está el del entretenimiento, lo sabemos. Este mismo autor lo hizo en su anterior película, Gravity, donde estilizaba al máximo la imagen del cine espacial. Ahora en Roma, en un blanco y negro lleno de matices que resuenan en cada rincón, hace una remembranza de su propia infancia. Estéticamente es una exaltación de la belleza cotidiana, la que se manifiesta en los pequeños detalles, sostenida en una historia sencilla que discurre como el agua cuando aclara el suelo.

Alfonso Cuarón introduce su intrahistoria familiar en la de la sociedad mexicana que inicia la década de 1970 con las Olimpiadas. El personaje elegido como motor narrativo es una sirvienta del hogar de origen indígena llamada Cleo

Pero no, Roma no es ningún tipo de homenaje al neorrealismo italiano, ni siquiera cae en el costumbrismo pese a la muy cuidada ambientación situada en la colonia del mismo nombre en Ciudad de México. Hoy Roma es un barrio de moda lleno de tiendas y restaurantes, ha cambiado toda la fisonomía de contrastes entre burguesía funcionarial y clase trabajadora con delincuencia que la definía en la época que se relata. 1970, cuando se inicia la película, es el año de las Olimpiadas. Ese es el contexto histórico y personal descrito. Lo que le importa aquí es el hogar y todo lo que envuelve a la vida doméstica. La protagonista es la que limpia y cuida a los niños de una familia que puede permitirse los servicios de dos sirvientas del hogar. La de un médico ausente cuyo coche entra justo en ese garaje que se limpia y deja iluminar por un tragaluz situado en la azotea.

Cleo es una sencilla y callada joven que sirve a una familia en la colonia Roma.  Su entrega y amor, en elocuente silencio envuelto en un esplendoroso blanco y negro, sostiene este ejercicio de memoria con la que el director recupera su infancia, a su ciudad y país

Roma es cine narrativo de las pequeñas cosas que dejan huella, memoria viva y retrato de época tratada desde una mirada limpia, casi contemplativa, pausada en esos tiempos que los movimientos laterales de cámara subrayan. La historia se define también por la solidaridad y compañerismo que hay entre mujeres, sin diferencia de clases. Cleo comparte habitación en la parte inferior de la casa con una compañera, Adela, que canta canciones populares mientras escucha la emisora más seguida, la XEW, y hablan entre ellas la lengua mixteca de la región de Ooxaca.

La espaciada expresividad de la imagen no sirve para recrearse en la belleza de los encuadres o de fotografía,  sino para evocar el poder de la emoción

Cuarón nos invita a su intrahistoria familiar y la de la sociedad mexicana de la capital que se abre a la década de 1970. Lo hace no sólo con sutiles alusiones a las Olimpiadas, también representando el hecho histórico, en el que se ve involucrada Cleo, de la rebelión estudiantil de junio de 1971, conocida como “Halconazo”.

Con presupuestos de Hollywood, los directores mexicanos apoyados por la industria de Estados Unidos, con  La forma del Agua (Guillermo del Toro), El Renacido (Iñárritu) y ahora Roma, están haciendo un gran cine, acumulando premios y, lo que es más importante, atrayendo la atención masiva de público. Muy a pesar del muro de la vergüenza de Trump.

 

Título original: Roma.

Año 2018:

Duración: 135 min.

País: México

Guión y direcciónAlfonso Cuarón

FotografíaAlfonso Cuarón, Galo Olivares (B&W)

RepartoYalitza Aparicio, Marina de Tavira, Nancy García