En el año de su 75º aniversario, definir la personalidad creativa del británico Gavin Bryars  puede resultar algo resbaladizo. Su  trayectoria recorre los primeros conjuntos de improvisación libre de finales de los 60, la del compositor repetitivo que superó la dependencia de su instrumento y por último la del autor que se reafirma en música coral pretérita.

 

“La música académica actual y el circuito de festival de música moderna es algo que no me atrae lo más mínimo”. En su más reciente trabajo publicado,The Fifth Century, y en otros estrenos recientes  sobre música coral y sacra que aún no lo han sido, Bryars (Goole, 16 de enero de 1943) deja muy atrás su construcción instrumental de desplazamientos lentos y expresión brumosa y ondulante que define dos de su piezas más representativas: The sinking of the Titanic After the Requiem. Sería Vita Nova (1994), publicación que inaugura su última etapa “antigua”, con la que el compositor inglés abraza el canto litúrgico para seguir describiendo entre planos y polifonía extendida, ese es su estilo,  textos y cantos pretéritos.

Bryars, como decimos, ha encauzado su carrera a golpe de timón, por usar términos navales. Ahora no oculta su degustación por la escritura para coro o conjunto reducido de voces (Trio Medieval). La polifonía renacentista en las Islas, por cuanto está la de los albores de los siglos X-XI, con sus especificidades litúrgicas derivadas de la Reforma y la Contrarreforma, tuvo a Tallis, Taverner y Byrd como máximos representantes. Estos autores supieron forjar una via anglica diferenciada del ars nova continental de Guillaume de Machaut.

Esa mirada hacia formas antiguas isabelinas o barrocas y a la prolífica tradición coral propia sería también la opción artística de compositores británicos del siglo XX, como Lloyd, Elgar y Britten, extendiéndose posteriormente, en un sentido expresivo más ligado al de Arvo Pärt, a otros autores como Tavener y Bryars.

 The Thifth Century, es una obra de larga duración para cuarteto de saxofones  y coro sobre un texto tomado del místico inglés del siglo XVII Thomas Traherne. Se completa con dos sonetos de Petrarca para trío femenino de voces

Lo que describen los textos del místico Thomas Traherne bajo ese título es de la Omnipresencia divina, su Poder infinito, el Espacio infinito, la Eternidad. En suma, en esa idea creacionista de la inmensidad del Universo que de un modo u otro, en ese magma inquietante que define su más homogénea etapa de The Sinking, tiene aquí un vínculo religioso y temático, no estético, con la inconmensurable obra del último Messiaen.

El acercamiento de Bryars a esta escena neo-sacra, por decirlo con una fórmula, se produce ya en 1988 con una obra para 4 voces titulada Glorius Hill, en las que se evidencia el legado de Britten y sus formas líricas más encendidas. Entre 2002 y 2012 colaboró con el Hilliard Ensemble y conjunto de cuerdas para The Voice of St. Columba. Es Bryars, en esta última etapa, un autor que prefiere formas más económicas y breves que sus lienzos ambientales de los 70, The Sinking of the Titanic y Jesus` Blood never failed me yet.

Las huellas del naufragio

A mediados de la década de los 70 Brian Eno creó el sello Obscure Records, plataforma donde pudo dar cabida a nuevos autores de la escena británica como Gavin Bryars. The Sinking of the Titanic (74), pieza adelantada a su época, sería la primera referencia del nuevo sello. Esta obra, además, fue decisiva para conformar el concepto Discreet Music (música que te permitía mantener una atención latente) que Eno estaba perfilaba entonces. The sinking, no por casualidad, se pensó inicialmente como fondo sonoro para una exposición de estudiantes de arte en Portsmouth (1969). En un entorno universitario cercano al 68, el hundimiento del mítico barco era visto simbólicamente entre los marxistas como ejemplo de la lucha de clases (élite-emigrantes).

The Sinking of the Titanic 
(1969-75)

La tragedia del funesto transatlántico tuvo momentos de lírico heroísmo con esa orquesta que no paró de tocar mientras se hundía. Su melodía triste teñida de esperanza suena y suena mientras el océano, la oscuridad y el silencio se traga el enorme crucero. En su descenso a las profundidades, los hierros se retuercen por la presión dejando un eco de mensajes sin respuesta. Esta obra ya clásica del compositor Gavin Bryars, acaso la más influyente, es una pieza sigue conmoviendo por su levedad trágica, esa atmósfera de lirismo resignado y penetrante que describe el lento hundimiento y la fragilidad de un coloso.

Bryars abandonó su faceta de contrabajista a finales de la década de 1960 por falta de estímulo en la escena de improvisación libre en la que estaba, dedicándose a la composición tras estudiar junto a John Cage. A mediados de los 70 volvió a su instrumento, siendo intérprete de posteriores partituras tan sugestivas como After the Requiem

 

Jesus´Blood never failed me yet es también de esta época (1971-2). Se trata de un registro accidental que Bryars tomó en la calle con un anciano mendigo cantando una canción con mensaje religioso. 25 años después Tom Waits le podría voz al vagabundo. Simplicidad formal, leves cambios instrumentales, lentitud vaporosa y solemne, orquestación oscura, la música repetitiva de Bryars se convierte en oración, transmitiendo un sentimiento de resignación. Como una oración que respira resignación y esperanza, la canción del anciano mendigo se repite una y otra vez…

“Jesus blood never failed me yet, Jesus blood never failed me yet. There`s one thing I know, for he loves me so….” La música repetitiva de Bryars se convierte en oración transmitiendo un sentimiento de resignación

Siendo evidente la deuda con The Sinking que tiene esta obra coetánea, acompañante como cara B del mismo LP como fue Jesus`Blood, en esa construcción que se expande en oleadas con cambios lentos y aditivos, la influencia ingrávida de su obra mayor llega en mayor grado de renovación hasta After the Requiem, pasando por una pieza de cámara de mediados de los 80 gaseosa y desnutrida, casi transparente, como Three Viennese dancers.

Etérea y naíf, Three viennes dancers, contando con nada menos que con el cuarteto Arditti, es un eco instrumental de una liviandad acústica inmersa en pleno apogeo del ambient de Brian Eno y de la huella de The sinking

ECM-Distrijazz

After the Requiem, perturbador velo expresionista entre campanas en el que se envuelve la guitarra de Bill Frisell. Una de sus obras más sobrecogedoras y notables con las que se pone fin a una etapa

Es éste un periodo de transición, el definido por estas dos obras comentadas, con el que se pone fin a su etapa Titanic, dejando abierto un giro  hacia la música sacra y la coral antigua con colaboraciones con el Theatre of voices de Paul Hillier, el Hilliard Ensemble o el Trio Medieval, que llegan hasta su más reciente The Fifth Century con el grupo The Crossing.