Fue un gran actor. Casi siempre a los actores se les recuerda por su imagen, una cara, un personaje, una película… Yo recuerdo a Bruno Ganz por su voz

Era conocido por su participación en una creación cinematográfica europea de autor. Pero antes incluso que la huella dejada por el director, no había nada más personal que el suizo Bruno Ganz (Seebach 1941-Zurich 2019). Su sola presencia definía no ya un instante o una secuencia sino todo lo que viniera antes y después de él.

No pretendo glosar sus películas o sus méritos actorales. Hace poco vi un anodino film noruego llamado “Uno tras otro”, thriller forzado a la violencia en el que hacía de patriarca serbio. También recientemente me quedé frío ante una película anterior titulada “En tiempos de luz menguante”. Producción que se hundía, con él como representante comunista, en la neurosis de las dos Alemanias, entre la decadencia del Este y la irremediable realidad futura del Oeste.

Cualquier película en la que se reconozca a Ganz no alcanza el impacto de su papel, mil veces parodiado, de Hitler en “El Hundimiento”

Sin haber seguido su trayectoria de cerca, le reconocí en la hermosa, triste y lenta película de Theo Angelopoulos  “La Eternidad y un día”. Él formó parte de ese elenco masculino de actores conocidos mundialmente y comprometidos con el arte cinematográfico del griego como Harvey Keitel o Marcello Mastroianni. Angelopoulos gustaba de rodearse de actores extranjeros para describir mejor su crítica social, melancólica y desconsolada, acaso visionaria, sobre la errancia de los pueblos entre fronteras, entre el pasado que se arrastra y el presente incierto.

No voy a hablar de ese Ganz actor. Sólo quiero recordar aquí su voz y la palabra. No hablo alemán, aunque viví cierto tiempo en Berlín. En esa ciudad, en 1984, Bruno Ganz grabó poemas de Frederich Hölderlin -fundamental poeta romántico alemán- para un sello que acababa de iniciar un nuevo catálogo contemporáneo: ECM New Series.

Ni Bruno Ganz, ni Hölderlin ni ECM significaban en 1984 algo entonces para alguien demasiado joven. No sabía lo que había detrás. Años después, diría que fue a principios de los 90, me hice con un recopilatorio de esas nuevas series. Solían ofrecer un buen precio a modo de resumen que impulsara la curiosidad de estas ediciones de música contemporánea.

No había referencia alguna en el libreto interior sobre el corte número 6 de que se tocara algún instrumento. Eso me desconcertó. Yo conocía a algunos de los músicos escogidos en este recopilatorio, sobre todo a Jan Garbarek y algo a Arvo Pärt, pero ese tal Frederich Hölderlin me causaba decepción e interés al mismo tiempo.

Quién era ese escritor romántico llamado Hölderlin, quién ese tal Bruno Ganz que  no tocaba ningún instrumento. Tampoco sabía apreciar la escucha de un mensaje tecnológicamente manipulado no en su declamación sino en su difusión de sonido, haciendo del mensaje algo oclusivo y perturbador. Los cursis lo llamarían hoy spoken word. 

En cambio, algo sucedió al sonar el tema Vom Abgrund nämlich. Mis oídos, sin conocer la lengua, se abrieron a una expresión resonante, profunda, dramática y tranquilizadora a la vez. Nada que ver con el alemán usado amenazadoramente en esos arranques de furia de Hitler.

Entendí entonces que el sonido de una lengua, y puede decirse de cualquier otra por más extraña que nos parezca, encierra una verdad poética en su expresión si estás dispuesto a escucharla. Bruno Ganz fue voz de la palabra “Deutschland”, como termina este poema hecho sonido.

Hölderlin – Gedichte gelesen von Bruno Ganz (ECM New Series 1285)
Recorded March 1984 in Berlin
Engineer: Bernhard Voss
Produced by Manfred Eicher