“Si yo fuera de condición cristiana, que no lo soy (la suya es judía), podría decir respecto de la Santísima Trinidad musical que Dios Padre sería Beethoven, Mozart el Hijo y Schubert el Espíritu Santo“. Con esta asombrosa sencillez, con esa gran capacidad pedagógica culminada en la expresión de todo lo que hace este grandísimo pianista, nos sitúa ante un periodo, el Romanticismo, y un lugar de esplendor, la Viena imperial de principios del XIX. Las figuras pendulares, antagónicas en ciertos aspectos complementarias en otros, de Schubert y Beethoven, en las que András  Schiff (Budapest 1953) es todo un experto tras dejar ya huella indeleble en décadas anteriores con el repertorio de Bach, se confrontan de un modo resuelto de manera magistral, sin precipitar egos, ni siquiera el suyo como intérprete. Este mismo afortunado sello publicó en 2016 la integral de las 32 sonatas de Beethoven y una entrega también en disco doble de Schubert un año antes que ha sido superada por ésta.

“Secretamente, confío en ser capaz de hacer algo por mí mismo relevante, ¿pero quién puede hacer algo después de Beethoven?”

Por más que luchó toda su vida por conseguir llegar a lo más alto en una ciudad tan floreciente como Viena, epicentro de la creación musical de la época, no lo consiguió jamás. Su más admirado compositor, junto al que pidió ser enterrado, no fue otro que el genio sordo. Por cierto, Schubert (1797-1828) murió con 31 años, los mismos que tenía Beethoven cuando la sordera le sobrevino y lo cambió todo en su vida y temperamento. Se anticiparon al Romanticismo, ciertamente, pero la biografía y personalidad tormentosa de Schubert, de humilde pasado campesino, introvertido y frustrado profesionalmente, le condujo a una vida trágica. El Romanticismo proponía la sublimación del alma, la belleza, los sentimientos individuales en una búsqueda en que la poesía como género excelso se fundiera con el arte musical:´llegó a escribir unos 600 lieder.

El logro artístico entonces llegaba con los grandes formatos, las óperas y las sinfonías. Triunfaban Berlioz, Paganini y Lizt. Beethoven tenía un talento inmenso y una gran seguridad en sí mismo pese a su enfermedad, él llegó a construir un corpus sonoro del tamaño de la 9ª Sinfonía. Eso nunca le fue posible al apensadumbrado Schubert, que también era una grandísimo improvisador al piano. Sólo que en vez de hacerlo en salas de concierto con sus composiciones, mostraba su música a sus amigos en salones de reuniones antes de acabar en burdeles donde se contagió de sífilis, teniendo conocimiento de lo que ello acortaría su vida.

Disfrutaba de sus célebres “Schubertiadas”, pero la angustia no desaparecía. Se convirtió en arquetipo del espíritu romántico. Sus obras inacabadas manifiestan una vida convulsa acompañada de un esfuerzo enfermizo: de caía al vacío pueden considerarse los abruptos finales de la Sonata 840, el Quarttestaz, la Sinfónia nº8 Beethoven, su ídolo, muere con 56 años en 1827. Schubert, un año después. Las obras aquí elegidas se escribieron tras la muerte del maestro, y forman parte del último legado de Schubert.

 

                          Photo: Nicolas Brodard/ECM Records

  András Schiff transforma la agitación interior de Schubert, desde el sonido naturalizado que le ofrece un piano de 1820, por su profundo conocimiento y acercamiento humanista al material, en una expresión estática que confiere paz al alma atormentada del autor. Son las últimas sonatas escritas en 1828 tras la muerte de su admirado Beethoven un año antes. Una publicación imprescindible, inmaculada, profunda

“Schubert siempre se mueve entre tonos mayores y menores, pero es un sinsentido considerar que los mayores se corresponden con un ánimo de regocijo y los menores con pesar. Los mayores encierran angustia”. Con estas palabras se dirige a una alumna András Schiff en una master class. Su lectura precisamente ahonda en la naturaleza de la música, no omite lo que hay reflejado, pero lo expresa de otro modo, sereno y diáfano en su discurrir, desponjándolo de toda impostación dramática desde un fluir estático sostenido en una serena distancia, alejado de pasiones exaltadas.  Una manera de construir la compleja arquitectura modular de Schubert desde un muy sutil apaciguamiento que, evitando incluso los sesgos personales de su ejercicio como intérprete, le confieren modernidad a la obra

Precisamente desde la Casa de Beethoven en Bonn, rescatado de un recital de hace tres años, al frente de un piano de construcción vienesa Franz Brodmann de 1820, tiene lugar este fascinante registro doble. La elección del piano, restaurado, es un detalle primordial en la plasticidad del resultado, no ya por la afinidad al sonido que manejaba el compositor entonces, sino también porque las notas pedal serían impropias de un piano moderno, y aquí se ajustan a su altura y valor representado.

Combinando con maestría forma clásica y expresión romántica, articulada de forma rigurosa y apasionada cuando toca, pero sin falsos énfasis, con la necesaria flexibilidad agónica y plagada de esclarecedores matices, esta publicación se hace imprescindible y necesaria.

 

András Schiff   

Franz Brodmann Fortepiano

Grabado en julio de 2016 en el Kammermusiksaal A.J. Abs Beethoven-Haus, Bonn. ECM New Series 2019-Distrijazz

Publicación previa dedicada a Franz Schubert con las sonatas D894, D960. ECM New Series 2015-Distrijazz